Convento de San Pedro Mártir

Orden de Predicadores (1407) – Facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas


El antiguo convento dominico de San Pedro Mártir, junto con el femenino de la Madre de Dios, configura una de las manzanas más amplias del centro histórico y ambos forman parte hoy del campus universitario de Toledo. La implantación de la orden de predicadores en este lugar se remonta a la primera década del siglo XV y desde esos momentos el convento experimentó un proceso de expansión y crecimiento que le convirtió en una influyente y poderosa institución religiosa que alcanzó su cénit en los siglos XVI y XVII. El convento de San Pedro Mártir que continuó su actividad hasta la desamortización y exclaustración de los monjes en 1836. Desde entonces, el conjunto monumental pasó por varios usos hasta su rehabilitación como complejo universitario emprendida en los años noventa del siglo XX.


Aproximación histórica:

Los primeros frailes dominicos llegaron a Toledo en 1209 y dos décadas más tarde su cenobio dedicado a San Pablo se instaló fuera de las murallas, en la llamada la huerta del Granadal. Allí permaneció hasta su traslado al interior de la ciudad en 1407. La parcela que obtuvieron fue de una de las más céntricas y preeminentes, pues estaba ubicada junto a la parroquia de San Román, donde los trece frailes que constituían la primera comunidad ocuparon unas casas propiedad de doña Guiomar de Meneses. La iglesia se consagró el 11 de mayo de 1407,, aunque la autorización papal llegó al año siguiente. El convento de San Pedro Mártir, a través de sus sucesivas ampliaciones y modificaciones, llegó a ser uno de los más ricos e importantes de Toledo. En la segunda mitad del siglo XV, se produjeron tres hechos decisivos que supusieron la consolidación y auge del convento: en primer lugar, los dominicos instituyeron estudios de Artes, Teología y Derecho Canónico, con la concesión de grados académicos; posteriormente, en 1485, el Tribunal de la Inquisición se trasladó de Ciudad Real a Toledo y el juicio de las causas se encomendó a la Orden de Predicadores; y, en tercer lugar, los Reyes Católicos confirmaron la supremacía del convento al concederle el privilegio de adquisición de imprenta que serviría para estampar la Bula Cruzada destinada a sufragar los gastos de la guerra contra los nazaríes que el papa Sixto IV había otorgado a los monarcas para que estos se ocupasen de su cobro. Un siglo después de su instalación en esta área urbana, el convento se convirtió una rica e influyente  comunidad extendida por fincas vecinas.


El convento de San Pedro Mártir fue desamortizado y los monjes   lo abandonaron el 28 de enero de 1836. El edificio pasó a utilizarse como almacén artístico de los bienes procedentes de otros conventos, como el sepulcro de los condes de Mélito (izquierda), y la sacristía se destinó a depósito de libros, con el acondicionamiento de un Museo Provincial que estuvo abierto el bienio de 1844 a 1846.  Ese último año se instaló en el convento un colegio militar; a partir de 1869 y durante un siglo, la Diputación Provincial dedicó el conjunto a funciones asistenciales, una casa de maternidad, una casa inclusa, un asilo y una imprenta. Parte del edificio alojó el colegio universitario de Toledo en los años setenta, pero su deficiente estado llevó a su desalojo y abandono en 1981. Al año siguiente, el día 15 de septiembre, la antigua iglesia de San Pedro Mártir acogió a la Asamblea Constituyente que aprobó el Estatuto de Autonomía de Castilla-La Mancha y el 31 de mayo de 1983 allí se constituyeron las primeras Cortes Regionales. La Diputación cedió el edificio al Ministerio del Interior, con la intención de instalar la Delegación del Gobierno, pero en 1993 pasó al Ministerio de Educación que a su vez lo cedió a la Universidad de Castilla-La Mancha para su utilización como edificio universitario a partir del proyecto del arquitecto Mario Muelas.


Arquitectura y arte:

El proceso de crecimiento y expansión del convento de San Pedro Mártir fue complicado y se ejecutó a partir de la progresiva adquisición de edificios hasta dar lugar a un conjunto arquitectónico muy heterogéneo y complejo que funciona como una microciudad formada por la agrupación de veintiún edificios. A partir de las casas recibidas por los frailes en 1407, que ocuparon la zona del claustro de los Naranjos, los dominicos compraron en 1435 un grupo de casas colindantes que ampliaron en 1452 con otra perteneciente a don Rodrigo Niño, regidor de la ciudad, a la vez que recibían recibieron otras donaciones, como la otorgada en 1477 por el obispo de Badajoz, Pedro de Silva, que había sido fraile en la comunidad y que cedió unas casas de su madre. La institución del Tribunal de la Inquisición en el convento requirió nuevas ampliaciones para una comunidad que ya sumaba los sesenta frailes. El propio Inquisidor General, Tomás de Torquemada, donó en 1490 unas casas que habían comprado los Reyes Católicos al comendador de Mora, don Pedro López de Ayala. En 1505 compraron otras casas a doña Francisca de Alfaro y al año siguiente se hicieron con la pertenecientes al sedero Manuel Sánchez que había sido condenado por hechicero. A mediados del siglo XVI alcanzaron la zona del claustro del Silencio e incluso llegaron a anexionarse de la propia calle que separaba las casas. Ya en 1541 se comenzó a construir el claustro del Real, el más grande y majestuoso de los tres. En 1587 se construyó la sacristía y en 1605 comienzó a rehacerse la iglesia que se debió de terminar en 1623. La expansión y remodelación del convento se prolongó hasta mediados del siglo XVIII: en 1740 se levantó la sala de Profundis, actual Teatrillo, se instaló un nuevo refectorio y en la cabecera de la iglesia se erigió un Relicario de planta octogonal, el llamado ochavo.


Claustros:

El convento, de grandes dimensiones, se organiza en torno a tres claustros. El claustro de los Naranjos, también llamado de las Procesiones (abajo), es el más antiguo y fue erigido por los dominicos a partir de su instalación intramuros en 1407.; este claustro se adosa a la nave de la epístola y a través de él también se accedía a la sacristía y fue remodelado entre 1740 y 1744. El claustro del Silencio, situado ante la iglesia, posiblemente corresponda a una construcción civil previa que resultó englobada en el conjunto conventual. El claustro Real (abajo) es de estilo clasicista, sobrio, solemne e imponente. Se comenzó a levantar en 1541 con trazas de Alonso de Covarrubias y después fue continuado por su discípulo Hernán González de Lara; consta de tres pisos enteramente construidos en piedra granítica, el bajo compuesto por arcos de medio punto que descansan sobre columnas, con espejos de pizarra en las enjutas y balaustres de piedra y los dos pisos superiores adintelados con zapatas apoyadas en columnas también de piedra.


Iglesia:

El convento dispuso desde su fundación de una iglesia mudéjar que fue completamente renovada a finales del siglo XVI y de la que únicamente se conserva su pequeña torre de ladrillo. Nicolás de Vergara el Mozo fue el encargado de llevar a cabo las obras de la nueva iglesia de estilo clasicista. Los trabajos comenzaron en 1587 por la sacristía; esta se compone de dos espacios, el mayor de planta rectangular, y que servía propiamente de sacristía, al que se añadió otro espacio cuadrado que alberga una pequeña capilla. Los muros están formados por arcos con hornacinas, con lo cual se logró una mayor unidad entre ambos espacios y el mayor de ellos se cubrió por medio de una bóveda esquifada plana, fajeada y con lunetos. Las obras de la nueva iglesia comenzaron en 1605 a partir de las trazas aportadas por Nicolás de Vergara el Mozo. Este maestro falleció dos años más tarde y fue Juan Bautista Monegro quien se hizo cargo de la prosecución de los trabajos. La planta de la iglesia es de tres naves, dispone de coro en alto y presbiterio plano acompañado de dos capillas laterales y cúpula en el crucero. Las naves están separadas por tres arcos con sobrias pilastras toscanas que sostienen el entablamento, encima del cual se levanta una bóveda de cañón con lunetos. Una bella reja de comienzos del siglo XVII separa el presbiterio del crucero. Monegro dotó también de las trazas de la sillería y el retablo mayor que ejecutó en sus labores escultóricas Giraldo de Merlo, mientras que Juan Bautista Maíno se hizo cargo de las pinturas.


Portada:

La portada exterior de la iglesia es obra de Juan Bautista Monegro. Está labrada en piedra en contraste con el muro de mamposteria donde se encaja. El diseño es de estirpe herreriana, con un arco de triunfo y un pequeño templete superior con la escultura del santo titular sobre un basamento corrido, en el que se alzan dos pirámides rematadas con bolas. La portada de acceso al convento (izquierda) es anterior, pues fue diseñada por Alonso de Covarrubias aunque ejecutada por Hernán González de Lara;  a su lado se abre el cobertizo que salva la calle.