Convento de las Carmelitas de San José

Orden del Carmen Descalzo (1607)


En el ascenso por el paseo de Recaredo hacia la puerta del Cambrón emerge una fachada palacial levantada sobre la muralla. Pero sorprende comprobar cómo este elegante lienzo mural, con su cadena de sillares en la esquina, despiece almohadillado en las ventanas bajas, clásicos frontones triangulares en el piso noble y apurada cornisa superior, está incompleto. Este carácter fragmentario se evidencia en la ventana del extremo superior, con su embocadura vacía, pero también se hace notar en el encuentro de este muro palacial con la recia mampostería del cuerpo que le sigue, de fecha posterior. Se trata del convento de las Carmelitas Descalzas de San José que tuvo su origen en el palacio de los condes de Montalbán que fue adquirido por la comunidad teresiana en 1607. Las carmelitas conservaron este núcleo de arquitectura nobiliaria que ampliaron hasta constituir el actual convento, obras que se demoraron por más de veinte años. La iglesia ocupó el extremo opuesto al palacio y configura con sus fachadas lateral y frontal un lugar de descanso en la subida de la cuesta que lleva el nombre de las Carmelitas Descalzas.


Aproximación histórica:

Teresa de Jesús emprendió camino con destino a Toledo en 1561, cuando contaba cuarenta y seis años, y permaneció en la ciudad hasta junio de 1562, alojada en la casa de doña Luisa de la Cerda, meses en los que la madre Teresa finalizó el Libro de su Vida. Su segundo viaje a Toledo lo efectuó en febrero de 1568. A finales de ese año recibió ofrecimientos para establecer una fundación en la ciudad y, tras superar numerosos obstáculos, finalmente le fue otorgada licencia de fundación el 8 de mayo de 1569. La comunidad se ubicó inicialmente en unas casas situadas junto a la antigua sinagoga del Tránsito, pero desde allí se trasladaron al Torno de las Carretas, actual calle Núñez de Arce, donde permanecieron por catorce años. Este fue el convento que acogió a San Juan de la Cruz cuando se fugó de su duro presidio en el convento del Carmen calzado. Un nuevo traslado de las monjas carmelitas de Santa Teresa se produjo en 1584, cuando decidieron cambiarse a la casa de regidor don Alonso Franco, en las llamadas Tendillas de Sancho Minaya, donde estuvieron asentadas por otros veinticuatro años. El último y definitivo emplazamiento de la comunidad en Toledo la llevó a las proximidades de la Puerta del Cambrón. Las carmelitas tuvieron la posibilidad de adquirir el palacio de los condes de Montalbán que se había iniciado en 1571 por don Fernando de la Cerda, pero que no se había llegado a terminar. El cambio de las religiosas a su emplazamiento definitivo se efectuó el 28 de mayo de 1608; este traslado se efectuó bajo el priorato de Beatriz de Jesús, sobrina de la fundadora que tuvo la satisfacción de asistir a la santificación de su tía Sant Teresa el 14 de abril de 1614.


Arquitectura y arte:

La casa adquirida por las carmelitas en 1607 para establecer su convento era el palacio que se había empezado a construir en 1571 por mandato de don Fernando de la Cerda y doña Ana de Latiloye, y que aún constituye hoy en día la parte fundamental de la clausura conventual. El nieto de estos encumbrados personajes, el conde de Montalbán, no se interesó por proseguir este proyecto y decidio vender a las carmelitas este palacio, aún incompleto, en la mencionada fecha de 1607. De este edificio se conserva en buen estado la fachada posterior, orientada al paseo de Recaredo, que se diferencia claramente del muro contiguo del convento e iglesia, levantados en fecha más tardía. Esta fachada de estilo manierista fue erigida por el maestro de cantería santanderino Hernán González, colaborador habitual de Alonso de Covarrubias. Este palacio se articulaba en torno a un pequeño patio interior  que las monjas convirtieron en el núcleo inicial del convento. Otra de las estancias del truncado palacio e integrada igualmente en la clausura fue la capilla palaciega situada en la planta noble. Es una capilla de planta octogonal cubierta con bóveda esquifada y dotada de una notable solería de azulejos. A los dos patios previos, las carmelitas añadieron un tercero que seguramente fue levantado una vez finalizada la iglesia, en 1633. Se adosa al templo por su costado nororiental y es de estilo clasicista desornamentado, con bóvedas de cañón con lunetos y arcos de medio punto, bastante próximo estilísticamente al de las capuchinas, ejecutado por Lucas del Valle y Diego de Benavides. Este patio constituye el claustro del convento y en su planta baja confluyen varias dependencias entre las que destacan el coro y el antecoro o sala de profundis, ambas de planta rectangular. El refectorio es sencillo y presenta un púlpito para lecturas con azulejos de florón.


Patios:

El convento de San José  se articula en torno a tres patios. El pequeño patio del palacio se integró en la clausura. Exhibe su impronta clasicista en unos amplios vanos serlianos (arcos de medio punto levantados entre dinteles) flanqueados por pilastras estriadas dóricas y vanos adintelados sobre los que cargan claraboyas cuadradas. El patio más antiguo es de planta irregular y presenta galerías de madera levantadas sobre columnas de granito con capiteles de volutas y zapatas de madera, además de unos canecillos de carácter toledano sobre las vigas horizontales.


Iglesia:

Las obras de la iglesia del convento de carmelitas de San José no se comenzaron sino a partir de 1626. Se atribuyen sus trazas al carmelita descalzo fray Alberto de la Madre de Dios, si bien la ejecución corrió a cargo de Pedro de Villaroel, Alonso Miguélez, Lucas del Valle y Diego de Benavides, como maestros de albañilería. La iglesia fue impulsada por la madre María de Jesús, y se comenzó a edificar con escasez de medios hasta que se recibió el apoyo económico de la familia Fernández Acosta. El nivel de las cornisas se alcanzó en 1633 y ese mismo año se comenzaron a voltear las bóvedas de la nave y la media naranja, así como se procedió a cerrar el coro. La iglesia del convento de San José es un templo de cruz latina de una sola nave, cúpula y coro alto a los pies, cabecera plana y capilla lateral en el lado del evangelio; a diferencia de otras iglesias conventuales de la época, este templo no posee el atrio sotocoro, así como tampoco presenta el pórtico de triple arcada exterior, muy común en la arquitectura carmelitana; por el contrario, la iglesia se adecúa al modo toledano de ingreso único adintelado, con ménsulas y cornisa sobre la que apean unos pedestales con bolas y una hornacina superior que cobija las imágenes de San José y el Niño. Contrasta el exterior, de mampostería y ladrillo, con el límpido interior, totalmente jaharrado: pilastras y cornisas sostienen la bóveda de cañón con lunetos y en el crucero se alza la cúpula sobre pechinas. Todo está recubierto de yeso y las límpidas bóvedas blancas se decoran con fajas geométricas de carácter serliano que se corresponden con diseños del tratado de fray Lorenzo de San Nicolás libremente interpretados. La cúpula de la capilla lateral es elíptica y el coro de los pies se alza sobre un arco carpanel. Al fondo del testero destella el dorado del retablo, magnífica obra de Antonio de Pereda de 1641.